Cuba: los espacios de Joan Carles Fogo


La relación entre el ser humano y el espacio es muy importante. Nosotros, como personas incidimos en él, lo creamos, lo adecuamos…Y el espacio, a su vez, incide en nosotros y en nuestra psicología. Joan Carles Fogo Vila

Joan Carles Fogo Vila (1955), doctor arquitecto y ensayista catalán, combina arquitectura y literatura en sus escritos desde hace más de una década. Su interés por los espacios vivos o habitados de los literatos de la Generación del 27 le hicieron recalar en La Habana y acabar editando aquí dos libros; una reedición de Los Espacios habitados de Rafael Alberti y El edificio de la memoria con la editorial Colección Sur Editores.

Fogo Vila participó en la Feria Internacional del Libro en el año 2015 y ha presentado sus libros en Casa de las Américas, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y el Centro Dulce María Loynaz. Ahora pasa gran parte de su tiempo entre Barcelona y Cuba, con la cual, al igual que sus queridos poetas del 27, ya tiene una relación inolvidable.

Joan Carles Fogo Vila es doctor arquitecto por la Universidad Politécnica de Cataluña y además, ensayista. Combina arquitectura y literatura.

– Usted es barcelonés, nace en Buenos Aires, ahora publica y pasa gran parte de su tiempo en La Habana. En sus libros habla de cómo la arquitectura y los entornos influyeron en la obra de distintos escritores. Pero, ¿cómo influyeron en usted sus primeros espacios para decidir ser arquitecto?

La decisión viene mucho de mi abuelo, que era un constructor italiano. Luego, mi padre estudió Bellas Artes y esa tradición artística continuó. Por otro lado, también me influyeron mucho los viajes de mi familia, porque mis abuelos emigraron de Italia a Argentina, mis padres emigraron de Barcelona a Buenos Aires, donde nací, y finalmente volvimos a Barcelona, donde me crié. Yo creo que ese cambio de espacios de niño tuvo que marcarme de alguna manera porque cuando uno cambia tanto de sitio y en espacios tan alejados, tiende mucho al recuerdo del pasado en otro lugar. Eso es un ejercicio que se va repitiendo y que está vinculado a la propia arquitectura. La relación entre el ser humano y el espacio es muy importante. Nosotros, como personas, incidimos en él y lo creamos, lo adecuamos…Y el espacio a su vez incide en nosotros y en nuestra psicología.

Hace poco leí una frase de José Martí que hablaba precisamente de esto y dice algo así como: “(…) la virtud hace hermosos los lugares en que obra, así los lugares hermosos obran sobre la virtud”. Es una dialéctica entre el espacio que hemos creado y la influencia de ese mismo espacio en nosotros: los colores, la iluminación, el aire…

– ¿Cómo y cuándo llegó el momento de unir arquitectura y literatura en su vida?

En las aulas de arquitectura de Barcelona, descubrí las obras de los autores de la Generación del 27: Alberti, Lorca, Cernuda… Ahí con 18 o 20 años empecé a admirar mucho cómo estas personas eran capaces de evocar y recordar los espacios de su infancia. Si unimos eso a mis propias experiencias de cambios geográficos, de esa combinación puede venir mi interés. Eso siguió durante toda mi vida, y muchos años después hice la tesis doctoral sobre la arquitectura en la Generación del 27. Fue un proceso muy lento de más de 20 años de recopilación de información y lecturas.

Varios títulos enriquecen el quehacer literario del arquitecto Joan Carles Fogo.

– Cuba parece tener mucho protagonismo para los escritores de esa generación del 27 que visitaron la Isla e incluso vivieron en ella durante años. ¿Qué le trajo a usted a este país?

A Cuba me trajeron dos cosas en el año 2012: lo primero es que Aitana Alberti me invitó a venir para presentar la primera edición de Los espacios habitados de Rafael Alberti en el Centro Cultural Dulce María Loynaz. De ese viaje surgió hacer una reedición mucho más extensa del libro con la ayuda de Aitana, que se ha publicado ya en Cuba con la editorial Colección Sur Editores. Además, Cuba es un país súper importante para Rafael Alberti porque él lo visita en la década de los años 30, en la de los 60 y en la de los 90.

El otro motivo fue conocer los espacios donde había vivido el escritor español Juan Chabás, que es un referente para mí y uno de los protagonistas de otros de mis ensayos, El edificio de la Memoria. Este autor es también de la generación del 27 y está enterrado aquí mismo, en el cementerio Colón, porque murió en Cuba en el exilio a los 54 años de edad. A esa misma edad murió mi compañera de toda la vida y por ese motivo tan íntimo, el primer viaje fue inolvidable. Así que podría decirse que estos escritores me trajeron a Cuba y me ayudaron a recuperarme en un momento muy complicado de mi vida.

En 2017, el escritor catalán presentó Los espacios habitados de Rafael Alberti, en Casa de las Américas

– ¿Y cómo se acoge este proyecto en el mundo de la arquitectura?

Cuando presenté este trabajo en Barcelona fue bien acogido porque precisamente se consideró que no estaba demasiado trabajado ese ámbito. Aún así, siempre hay antecedentes y siempre existieron arquitectos interesados por la literatura y viceversa. El padre del novelista inglés Thoma Hardy, por ejemplo, era arquitecto y él mismo empezó a estudiar arquitectura. Esa vinculación se refleja muy claramente en su escritura cuando describe su casa, los caminos, los bosques…Tiene una mirada muy plástica que tampoco es pura descripción técnica. Por eso, para mí, hay una unión muy clara entre ambas disciplinas; algo que tiene que ver con el ritmo, la composición, la armonía, la estructura…

– ¿La Habana le parece una ciudad poética?

Mucho. Mi primera ciudad siempre será Barcelona, pero la segunda es La Habana sin dudas. Estoy muy enamorado del urbanismo del Vedado; es un muy buen proyecto que recuerda bastante al Ensanche de Barcelona en realidad, porque, de hecho, fueron paralelos en el tiempo cuando se idearon a mediados del XIX. Los que pensaron ambos proyectos eran ingenieros muy influidos por las teorías higienistas que querían acabar con los problemas que había en las ciudades dentro de las murallas.

El Vedado tiene más de 300 cuadras de 100 metros cuadrados, todo es muy reticular y octogonal… Lo que busca el proyecto es mejorar la iluminación, la ventilación y la circulación con calles más anchas de unos 16 metros y, sobre todo, con un jardín para alejar a las casas del polvo que viene de la calle.

En los años 20 y 30 se hicieron aquí unas edificaciones modernistas que a mí me fascinan, a pesar de que algunas estén actualmente en decadencia. Hay casas en la costa de Cataluña que me recuerdan mucho a estas por el mosaico, las vigas, la carpintería… Y también había arquitectos muy buenos cubanos como Mario Colli que hizo, por ejemplo, la casa en la que estamos ahora mismo en el año 1927 justamente. También las escuelas de arte del ISA que se hicieron en los años 60 me impresionaron muchísimo. Podemos seguir con el Bacardí, el López Serrano…En fin, para un arquitecto La Habana es una maravilla, y si te dedicas a la rehabilitación, más.

En 2016 la capital de Cuba recibió el título oficial de Ciudad Maravilla del mundo y se convierte así en una de las siete que ostenta esta condición.

– A propósito de la rehabilitación, ¿cómo ve el proyecto de rehabilitación de La Habana Vieja? ¿Cree que solo le haría falta, como dijo Dulce María Loynaz en su poema “Últimos días de una casa”, un poco de cal y ternura?

(Ríe) Sí, la ternura hace falta siempre. Realmente, la parte de La Habana Vieja, por ejemplo, se está recuperando muy bien a pesar de las limitaciones y los medios. El criterio es bastante positivo y yo creo que La Habana tiene unas posibilidades muy grandes de seguirse rehabilitando y ojalá continúe haciéndose con un buen criterio. En esta casa donde estamos ahora, yo mismo rehabilité y recuperé la composición original de las ventanas que se habían modificado. Eso, por ejemplo, es una pequeña aportación a la recuperación de una ciudad y si cada uno lo va haciendo con criterio ya contribuye mucho a la mejora.

– ¿Qué opina de iniciativas como las llamadas “barbacoas cubanas”?

Ha habido mucha tendencia a hacer ampliaciones y adiciones en función de la familia, sin tener en cuenta el criterio original. Ese es un proceso difícil y largo pero aún así la ciudad mantiene muchísimo encanto. Como arquitecto, intenté comprender cómo se ejercía mi profesión en mi país y aquí, y claro, las diferencias son enormes, las normativas son otras, las licencias son distintas, los materiales aquí son difíciles de encontrar… Uno se tiene que adaptar a otra realidad y ese es un proceso largo también. También hay que valorar el ingenio, las cosas que se hacen con pocos medios y que resuelven problemas sociales inmediatos.

La Habana es una ciudad fragmentada y resistente, en la cual se puede ver muy claramente el proceso de evolución paso a paso porque no hay fases muy claras. Ves columnas de todo tipo, rotas, muros agrietados, árboles que crecen en la planta más alta de un edificio, sofás en un balcón sin baranda, fachadas que no tienen interior…Todo eso parece una pintura surrealista, y como arquitecto lo primero sería por ejemplo, cortar ese árbol para no dañar más la estructura del edificio, pero por otro lado esas imágenes son súper interesantes. Es una decadencia que muestra el esplendor que hubo y que tiene cierta elegancia todavía.

“Cuba. Si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba”. En su libro sale esta cita de Lorca que pone de manifiesto la relación tan estrecha que establecieron los poetas del 27 con Cuba. ¿A qué se debe ese enamoramiento?

Es muy normal porque ellos venían casi siempre a La Habana después de haber pasado por Nueva York y aquí se encontraban como en casa. El paisaje cubano y las maneras de la gente, que era mucho más simpática y abierta, les resultaban más próximas a España. Alberti, Lorca, Cernuda, Juan Ramón Jiménez, María Zambrano…Todos se sintieron muy felices aquí, sobre todo los andaluces. Existe una relación muy clara además entre Cádiz (al sur de Andalucía) y La Habana: el mar, las casas, las azoteas…No hay una distancia grande. En cambio, admiran mucho Nueva York pero no la sienten tan suya. Cuando Lorca o Alberti hablan de las ventanas de Nueva York dicen, bueno, ahí hay millones de ventanas, pero no son las ventanas de un patio de Andalucía donde hay flores, donde los vecinos se comunican entre ellos, donde se oye una fuente…En eso Cuba es más cercana y por eso la quieren tanto.

– ¿Y qué motivos les trajeron en aquellos años a la Isla?

Primero, en los años 20 y 30, vienen por viajes suyos y relaciones de amistad. Muchos pertenecían a familias de cierto poder económico como es el caso de Lorca, que fue acogido por los Loynaz aquí. En esos viajes primero iban a la capital del mundo en esos momentos, que era Nueva York, y después iban a La Habana. Más tarde, en los años 40, a raíz de la Guerra Civil Española, vinieron ya al exilio huyendo del franquismo. Ese fue el caso de Juan Chabás, María Zambrano, Manuel Altoaguirre, Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Chabás y Zambrano vivieron gran parte de su vida aquí y escribieron mucha de su obra en la Isla.

– También le da mucha importancia a cómo estos escritores hablaron en aquellos años del aire y la luz de La Habana como un espacio arquitectónico más…

Sí. De hecho, Luis Cernuda tiene un escrito precioso que se llama “Aire y luz de La Habana”, donde dice que normalmente, nosotros conocemos las ciudades por las calles o por las fachadas de las casas, pero que lo que da realmente el espíritu y la identidad de una ciudad es el aire y la luz. Y el aire y la luz de La Habana le recuerdan los cuadros de las ascensiones de Tiépolo, un pintor renacentista veneciano. Otra vez volvemos a un gran escritor que conoce muy a fondo la pintura y que la relaciona con un espacio de una ciudad, en este caso de La Habana. Y es cierto que la luminosidad aquí es muy especial y que se echa en falta cuando uno está en otros lugares.

– Un espacio que destaca en La Habana dentro de su libro es la casa de los Loynaz de Línea y 14 (que todavía existe), en la cual pasó Lorca la mayor parte de su tiempo cuando visitó la ciudad.

Sí, Lorca la llamaba “La casa encantada” y la recuerda mucho en sus libros. Es una casa preciosa que todavía mantiene la composición y la estructura a pesar de que está muy deteriorada. Al parecer, el interior estaba lleno de muebles franceses y el jardín era espectacular.

Luego, Dulce María también tenía la suya de la calle E y 19, que también es muy elegante. Era una familia con un poder adquisitivo alto y ayudaron mucho a Lorca primero, y más tarde a Juan Ramón Jiménez y su mujer.

García Lorca denominón “La casa encantada” el chalet de los Loynaz en Línea y 14, en La Habana. (Foto: Ismario Rodríguez)

– Otros dos puntos de ruta importantes para el periplo de esos escritores en La Habana fueron el Hotel Saratoga y el edificio López Serrano…

Sí, en el Saratoga se alojó Rafael Alberti con María Teresa León en su primera visita a La Habana en 1935. Esa zona se revalorizó mucho cuando construyeron el Capitolio Nacional en 1929. Antiguamente, el edificio del Saratoga acogía almacenes y bodegas y después se transformó en un hotel al que además, se le añadió una planta de altura más recientemente. Era un lugar muy conocido en aquella época porque allí actuaba la primera orquesta cubana formada exclusivamente por mujeres.

El edificio López Serrano es del año 1932, de estilo art decó y muy influido por los rascacielos norteamericanos. Tiene cierta similitud con el Empire State Building, con forma de H, dos torres, todo muy bien estudiado para que entrara iluminación y aire suficiente. Ahí vivió María Zambrano al principio de su exilio en la novena planta, y tiene unas descripciones fantásticas de los amaneceres de La Habana desde ese apartamento.

El edificio López Serrano tiene matices arquitectónicos del Empire State Building neoyorkino.

– ¿Por qué usted dice que la arquitectura y la literatura son armas contra el olvido?

La evocación es muy importante contra el olvido y también como proceso de creación. Cuando uno evoca, cuando piensa en una situación en otro espacio y otro tiempo, está reinventando porque la memoria no es una plantilla absolutamente fiel, siempre distorsiona más o menos por factores emocionales. Entonces, cada vez que uno evoca está haciendo una reinvención y eso es una lucha contra el olvido. La generación de mis padres quedó muy marcada y afectada por la Guerra civil española porque rompió un proyecto de una España más moderna y esperanzada. Hubo unos años donde históricamente se perdieron muchas cosas. Por eso es tan interesante recuperar la memoria de la obra y los espacios de esas personas tan brillantes y esperanzadas como fueron los escritores de la generación del 27. De jóvenes dejaron un proyecto que les ilusionaba y que se truncó haciéndoles cambiar de espacios y países. Muchos de ellos no se recuperaron nunca ni pudieron continuar su obra. Por eso, en ese sentido, Alberti fue un caso ejemplar, porque siempre consiguió recuperarse y vivir.

– “Los escritores construyen su obra palabra a palabra como los arquitectos ladrillo a ladrillo”. ¿Qué opinión le merece esta cita?

Se trata de una cita de José Saramago que me gusta mucho. Habla de un proceso en paralelo. Hay un elemento básico que vas utilizando para construir ¿no? Un escritor usa la palabra y el arquitecto el ladrillo, pero el proceso de creación es muy similar. Un libro debe tener una estructura que a veces se nota y a veces no, pero está ahí. Un soneto se ha comparado algunas veces con un edificio porque en él no puede faltar ni una sílaba y en un edificio no puede faltar un pilar. Hay una relación en la capacidad de mirar en los arquitectos, que tiene que ser precisa y ordenada, con la precisión que tienen los poetas al hablar de las cosas. Por eso, esas personas no están nada lejos la una de la otra. Le Corbusier decía que el propósito de un arquitecto es crear emociones y en ambas disciplinas se repite lo más interesante para mí: que la literatura y la arquitectura están siempre vinculadas a la propia vida.

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1 Comment

  1. 27 December, 2017
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    Agradezco a la periodista Clara Núñez su entrevista con preguntas tan bien planteadas. Hago sólo dos precisiones sobre mis propias palabras transcritas. El padre del escritor Thomas Hardy fue un maestro de obras, similar en el siglo XIX a un arquitecto de grado medio. El Vedado tiene más de 300 cuadras de 100 metros de lado, todo es muy reticular y ortogonal… Mi enhorabuena a esta revista cubana dedicada al diseño, la arquitectura y la artesanía.

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