Se trata de una de las mayores obras de la arquitectura cubana de principios de la Revolución.

Más de 20 arquitectos extranjeros vinieron a Cuba en los años 60, entusiasmados con el proyecto social y con enormes ansias de crear los espacios de la utopía. Muy pocos son conocidos, a pesar de que sus obras o su pensamiento formaron parte de lo más hermoso y auténtico de la arquitectura y  el urbanismo cubanos. Uno de ellos fue  el arquitecto español Joaquín Rallo, quien falleció en La Habana el 28 de abril de 1969, a la edad de 42 años.

Cuando se escribe sobre la historia de La Habana o los asentamientos poblacionales de toda la isla, el rigor científico obliga a referenciar su obra. Algunos lamentamos lo efímero de la casa de cultura en la antigua Funeraria Caballero, diseñada junto a Roberto Gottardi y Mario Coyula, en la que se concentró el espíritu de esa Rampa dinámica y prodigiosa que devino centro para los jóvenes de los años 60.

Uno de los lugares más queridos por la población de Jagüey Grande es una obra de Rallo. Casi desconocida e ignorada por la academia, muy pocos la han mencionado en la historiografía arquitectónica cubana. Y allá, los que desean rehabilitarla, la conocen como Anfiteatro Municipal, pero solo algunos recuerdan quién la diseñó.

En su ensayo Notas para una estética arquitectónica, Rallo explicaba su concepción marxista del diseño arquitectónico, que incluía exigir a los arquitectos el dominio del lenguaje formal, concepto manejado por él y su equipo docente. Este constituyó un importante rasgo de la posición de arquitectos y estudiantes en  la primera mitad de la década de los sesenta, antes de que el oportunismo de ciertos funcionarios impusiera un pragmatismo lesivo a la cultura.

La Plaza de la Victoria es un excelente ejemplo del principio de la importancia de la forma, sin que ello implique la desvinculación del contenido. Concluida en abril de 1968, en ocasión del aniversario de la Victoria de Girón, muestra una novedosa concepción del concepto de espacio público al unir la función de cine-teatro al aire libre. Además, sus atributos trans-miten un alto significado ideológico, sin necesidad de acudir al realismo ni a la forma gratuita.

El cine-teatro está conformado por una platea de cuatro secciones sobre plataformas, las del centro con una discreta pendiente y las laterales más elevadas, y la gradería resuelta mediante bancos de hormigón armado a vista. Al escenario se accede desde la platea por medio de rampas, y desde la plaza por escalinatas a ambos lados del plano de la pantalla. Tras este se encuentra el volumen de los camerinos, separados del escenario por un pasillo que crea un espacio de alta calidad expresiva, al igual que los componentes principales de la obra.

El plano de la pantalla se halla flanqueado por grandes volúmenes de hormigón armado, los cuales protagonizan la imagen hacia la plaza. El muro de cierre, conformado por planos y volúmenes inclinados, da paso al fondo de la platea, a un cierre virtual producido por mástiles de acero.

Rallo no se despojó a la estética brutalista, de temprana llegada a Cuba y que caracterizó al Parque de los Mártires Universitarios y el Centro Nacional de Investigaciones Científicas. Reyner Banham, principal referente teórico, señala como atributos de la tendencia que “el brutalismo en la libre exhibición de los materiales se unió al brutalismo de la forma” y que “la nueva composición se basa en la topografía del terreno y en la topología de sus comunicaciones interiores”.

Las formas creadas por Rallo son probablemente las más sencillas de los ejemplos cubanos, pues los significados simbólicos dependen solamente de planos angulosos, articulaciones y composición simétrica. El espacio conformado por la gradería inclinada fluye claramente hacia el escenario, convertido en elemento focal, matizado por el discreto espacio de la calle preexistente que, al cortarlo, produce el balance de la composición.

La cabina de proyección se erige como el volumen de mayor unicidad expresiva, casi escultórica. Es, junto con los muros que enmarcan la pantalla, la forma más atrevida del conjunto, y un contrapunto que refuerza el eje central de la composición. Los bancos de las gradas, de hormigón a vista y prefabricados, imprimen la necesaria textura visual a los planos de la gradería.

Rallo sentía la necesidad de expresar el contenido ideológico de la manera más discreta posible, mediante las pocas licencias que brinda la abstracción. Es el espacio – y no la forma en el plano – el que transmite la enorme fuerza del significado.

La arquitectura de los años 60 no se caracterizaba particularmente por el respeto al entorno y, salvo encomiables excepciones, en el plano teórico no se discutía acerca de la relación de lo nuevo con lo viejo. Rallo, sin embargo, armado solamente de su sensibilidad y cultura, logró, en lenguaje contemporáneo, articular la nueva plaza con el entorno inmediato, caracterizado por esa discreta variedad del eclecticismo y el modesto art decó de tantas ciudades cubanas. En la Plaza de la Victoria se logra lo que podríamos considerar el ideal de la nueva inserción en un contexto histórico:  

la nueva obra no solo armoniza con las preexistencias, sino que las complementa y destaca. La clave, de nuevo, está en el tratamiento espacial. El Parque Central de Jagüey Grande es un rectángulo rodeado por edificaciones del siglo XX de baja altura, dentro de las cuales se destacan la iglesia, la escuela y el conjunto del lado noroeste, el único verdaderamente unitario a la plaza. Los árboles y los componentes valiosos ya mencionados contribuyen a crear un ambiente agradable que era necesario respetar. Rallo contrapone al espacio del parque un elemento de gran dramatismo, el reverso del plano que hace las veces de pantalla en el cine y que se muestra en la plaza republicana como una gran forma rectangular que no se impone, ya que se encuentra retirada hacia el fondo de una plazuela secundaria. A la vez, el gran plano constituye el elemento articulador de los accesos al escenario y a los camerinos del teatro.

Al fondo de la gradería del cine-teatro puede verse un conjunto de viviendas eclécticas con un alto grado de integridad e interés ambiental. La relación con este se logra mediante un plano virtual formado por mástiles que originalmente portaban banderas, lo cual resulta significativo desde el punto de vista de la armonía con el entorno pero, a la vez, permitía subrayar el valor simbólico de la plaza durante los actos políticos. En la Plaza de la Victoria se han desarrollado actividades culturales de diferente tipo en forma ininterrumpida desde su inauguración. Para permitir los desfiles se mantuvo una calle existente que separa el escenario de la platea y que ayuda al logro de la articulación con el entorno.

A lo largo de los años se han añadido algunos elementos incongruentes, pero no se han producido demoliciones, remodelaciones traumáticas ni derrumbes. El estado de conservación es bueno, aunque habrá que realizar algunos trabajos de restauración y rehabilitación. Actualmente el expediente está en proceso de revisión para una posible declaratoria de monumento. Se trata, en resumen, de una de las mayores obras de la arquitectura cubana de principios de la Revolución, un manifiesto en hormigón de respeto, sencillez y belleza, en el que los años de fuego que estudiara Roberto Segre tienen uno de sus más puros ejemplos. 

 Ángela Rojas

Fotografía: Camila López

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