EL presente boom –a falta de otro término más adecuado– que experimentan las artes aplicadas y el diseño, especialmente en La Habana, no se explica con facilidad.

Evidentemente no responde al desarrollo actual de las fuerzas productivas y las relaciones de producción en el país, porque tal desarrollo es aún incipiente –cuando no inexistente– en buena parte del sector estatal. En este se aprecia algún crecimiento básicamente en la esfera del turismo desde la década de los años 90 del pasado siglo, el cual resulta todavía moderado, aunque se ha vaticinado una explosión en el área a partir de los nuevos cambios en las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, cambios que pueden tener un favorable efecto para Cuba con respecto a sus relaciones con otros países emisores de turistas. Ello significaría una ampliación potencial de las oportunidades de desarrollo para las artes aplicadas, la arquitectura y otras especialidades afines, las cuales ya experimentaban un inesperado renacimiento a finales del pasado siglo con la revitalizada industria del ocio y de parte del sector del comercio estatal en la isla. No obstante, lo que sí parece que ha experimentado un notable crecimiento en la esfera económica en Cuba, en los últimos años, ha sido el sector privado. Particularmente en la capital ha habido una explosión de restaurantes, cafeterías, bares, hostales, bazares, salones de belleza, atelieres, talleres de reparación de equipos digitales y de telefonía, entre otros servicios. Esto ha propiciado cierto nivel de competencia entre los nuevos emprendedores y propietarios, y dentro de los cuales, los de más visión, cultura y capital, han apostado por dar un empaque más sofisticado y atractivo a sus negocios.

A este elemento se suma el hecho de la existencia en el país, como resultado de la educación superior, de un potencial importante en cuanto a calidad, y variable en cuanto a número, de diseñadores (industriales, gráficos y de vestuario), arquitectos, ingenieros civiles, artesanos, obreros calificados, comunicadores y otros especialistas, dispuestos a asumir retos estéticamente más demandantes y mejor remunerados que los que comúnmente se derivan de las entidades del estado.

Así, se ha dado una interesante coyunturaen la que la ciudad experimenta una emergente refuncionalización y renovación de numerosos espacios, que van algo más allá de los loables proyectos de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana en el Centro Histórico y en otros puntos de la capital. Tal vez el término boom es muy apresurado y presuntuoso para denominar el fenómeno que nos ocupa, pero sí es un hecho palpable que el trabajo de restauración y diseño de espacios, realizado por pequeñas empresas de especialistas, jóvenes en su mayoría, va marcando una diferencia. Llama la atención que los artistas, artesanos y especialistas de las artes aplicadas que se mueven en estas nuevas circunstancias socioeconómicas,  manifiestan claramente en su trabajo una voluntad estética y de estilo, solo comparable en Cuba con la del movimiento jazzístico joven que late en La Habana, aunque este último parece que tiene más resonancia en el exterior que en la propia isla.

Ahora se aprecia en estos proyectos de refuncionalización, restauración y remodelación de edificios y otros espacios urbanos una actualización estética con respecto de lo que sucede hoy en el mundo. Se advierte en el diseño de espacios, muebles y objetos una cierta tendencia al minimalismo, que comienza a tomar distancia de esa larga vocación barroca nacional. El innato horror vacui que estimula al cubano promedio a abarrotar espacios y paredes con todo lo que encuentre a mano, cede paso a diseños más austeros, sencillos, elegantes y racionales.

Aunque también sobreviven variantes revitalizadas del barroco y de enfoques eclécticos y de estilos más tradicionales en un buen número de nuevos establecimientos; en otros ya se notan resonancias de ese estilo globalizado de los establecimientos de fast food, lo cual se suma a la diversidad estética de todo este fenómeno. El nuevo movimiento de los oficios y las artes aplicadas también abarca el diseño gráfico y la imagen corporativa (logotipos, menús, directorios, papelería, impresiones, etc.), lo que de hecho implica la posibilidad de asesoría de imagen, y que necesaria-mente se conectaríacon la esfera de las relaciones públicas y con especialidades de la comunicación tales como la publicidad, las campañas, las investigaciones sociológicas de impacto y necesidades, el marketing, etc.

Hay aquí un rico campo aún por explorar o por desarrollar y en el cual se cuenta con un potencial joven preparado y deseoso de intervenir. Como se puede observar, el nuevo movimiento de las artes aplicadas y la arquitectura necesariamente se desarrolla y crece en forma de rizoma, de manera natural, siguiendo sus propias leyes y dinámica, y ello es un claro signo de evolución y de mejoramiento en última instancia. Por otra parte, el diseño, la arquitectura, y toda imagen, en definitiva, es también un signo que no solo designa (denota), sino que además valora, evalúa, expresa (connota). De modo que podemos leer todo este movimiento que aquí nos ocupa de varias maneras: primero, como una declaración o más bien una reacción estética espontánea ante las prácticas oficiales estandarizadas –cuando no, descuidadas, preteridas o congeladas en los 60– que han prevalecido por más de 40 años en este campo; segundo,como una vía de expresión artística personal y de equipo dentro del marco del encargo y del carácter funcionaldel diseño y de las artes aplicadas.

Claramente se aprecia una vocaciónde modernidad y también algunos atisbos de lo que pudieran considerarse rasgos de un estilo nacional, aunque esto último no se manifieste como un objetivo consciente a alcanzar por los artistas, sino que ocurre básicamente de manera espontánea, como parte inherente del trabajo. En este sentido, queda claro que lo verdadera y auténticamente cubano no reside en un rasgo o un estilo determinado, sino justamente en la diversidad y la recombinación de estilos, e incluso en la manera de apropiación y de experimentación libres. Una nueva sensibilidad ha entrado en circulación, y parece poseer más potencial y capacidad que campo disponible donde realizarse en el presente y en el futuro inmediato.

Si el grueso del sector estatal y también otras áreas del sector privado que no hacen uso de estos servicios y especialidades de las artes aplicadas, no ven o no comprenden la necesidad y conveniencia de su utilización para expandirse y desarrollarse, puede entonces que peligre la propia existencia de este movimiento artístico. Por tal razón, espacios como La 1era Bienal de Diseño de La Habana (mayo del 2016), el programa televisivo D’diseño, del Canal Habana y el proyecto Amano devienen útiles plataformas de exhibición, información, intercambio y crítica sobre las artes aplicadas, el diseño y la arquitectura, a la vez que propician y establecen alianzas entre grupos de creadores y sus posibles clientes, incluidos en estos últimos instituciones estatales e incluso intereses foráneos.

La mera existencia de estos espacios-plataformas constituye una señal de creciente madurez y un buen augurio, pues, por sobre todas las cosas, abogan por una cultura del diseño, de su fruición y de su utilidad, lo cual es, sin dudas, un sello de civilización y de refinamiento al que no podemos renunciar. 

 

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