Si pensamos en una profesión que trata sobre el tiempo es la restauración. Como si de magia se tratara, el restaurador requiere conocimientos frente a la obra de arte que solo él y esa pieza saben la magnitud y, por supuesto, su autor, que nunca está vivo para dar información sobre ella. Es por esto que las obras de arte, y más el Patrimonio Histórico, están amparadas por instituciones para preservar ese patrimonio. Existen las llamadas Cartas del Restauro, do-cumentos editados bajo este nombre por las ciudades donde se realizaran las reuniones de los países miembros de las organizacio-nes vinculadas al terreno de la conservación y la restauración.

Aún se debate y difiere sobre la metodología de una restauración universal en la que las cartas a veces ofrecen una respuesta general a un caso particular. Por esto en muchas ocasio-nes cada equipo de restauración ha de tomar sus propias decisiones basadas en el estudio de la obra y los principios de restauración. El primer principio es el reconocimiento, cada intervención debe ser reconocible, que se diferencie para evitar la falsificación; se aplica a objetos museables y que no tendrán uso. 

El segundo, la reversibilidad, es decir, utilizar materiales que no alteren ya a los existentes.

El tercero, la compatibilidad, sig-nifica que los materiales deben convivir bien con el original. Por último, la mínima intervención, puesto que la restauración debe ser mesurada. Existen escuelas que estipulan porcentajes entre el original y la restauración en sí. Una de las intervenciones más peligrosas en la restauración es la limpieza, porque remueve pátinas y texturas del original, y dan mucha información. Las corrientes de teoría de la res-tauración más notables plantean que esta profesión es cualquier intervención dirigida a devolver la eficiencia a un producto de la actividad humana. Existen restauradores con formación académica, autodidactas que lo aprendieron por herencia familiar, como es el caso de Tomás Moscoso Rodríguez, nacido en Cienfuegos y de abuelos restauradores. Ellos le transmitieron el oficio, que luego complementaría con la carpintería y la ebanistería.

Tomás destaca que este no es su trabajo a plena jornada, sino algo que hace como disfrute. Adquiere piezas en mal estado que por pasión restaura para sí, tiene un taller en el que también participan varios tapiceros. Muchos de estos trabajos son usados por otros profesionales (como cineastas, para la utilería de sus filmaciones) y Tomás colabora con ellos, ya que goza de una colección de muebles de los años 50. Es admirable cómo Tomás restaura muebles, imaginería en madera poli-cromada y otros objetos de disímiles materiales. Cuida desde cómo inser-tar la madera ya seca para evitar que proliferen los xilófagos (carcoma comején) hasta cómo reintegrar la policromía y dar el acabado con barnices o ceras para la protección y estética de las piezas. 

En estos momentos trabaja en un conjunto de mobiliario en caoba del año 1857 traído de Trinidad, en el que ha tenido que realizar una rigurosa restauración por su estado. Cama, mesitas de noche, arcón, mueble de aseo y una destiladera, decorados con cariátides, como el resto del conjunto, encierran misterio. Uno piensa en otro tipo de mueble y no en la destiladera, que es un gran recipiente de piedra porosa arenisca en forma semiesférica, que hace de filtro y convierte en potable el agua de lluvia con que se llena. Por un proceso de decantación gota a gota cae en una vasija de barro lista para servir.

Al igual que con la destiladera cada objeto tiene su misterio e historia y gracias a Tomás podemos disfrutar de muchos de ellos.

 

Lucía Zalbidea

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