DONDE NO HABÍA COLOR

El artista plástico Máisel López Valdés, pretende de manera diferente romper las barreras comunicativas con el gran público: ha tomado por asalto paredes de bodegas, casas, edificios, y otros lugares abandonados del barrio donde vive.

Al oeste de la capital, Buenavista pertenece al municipio Playa, y es uno de los lugares menos favorecidos en cuanto a calidad de su infraestructura urbana. Quizás motivado por los grandes espacios sin color y la evocación sobre el futuro, el pintor tomó como referentes a rostros infantiles.

Símbolo universal de la esperanza, el niño resulta siempre un buen motivo. Y viene bien una reflexión entorno, cuando se sabe que para hablar de arte en la actualidad, es necesario saber ver más allá de la técnica, los medios o procedimientos.

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Hace falta encontrar en las creaciones, algo invisible a los ojos, establecer un diálogo directo y motivador. Quizás por eso, y he ahí la ratificación de su obra, “Colosos”, la serie sin galería, ha tenido una singular y turbulenta acogida.

Asoman mitos y fabulaciones sociales camino a leyendas fuera del control de Máisel. Algo es seguro, los murales están vivos en el imaginario.

Su intención primaria, según ha declarado, es tomar una fotografía y en ella captar un gesto para luego llevarla a las paredes. La foto sería solo un instrumento; su medio de expresión, el dibujo y la pintura.

En el intercambio con los espectadores, el producto artístico adquiere una significación particular dentro del contexto urbano como fenómeno de múltiples dimensiones.

Quizás un espectador avezado puede ver en su obra influencias de la técnica del muralismo, o pensar en los múltiples referentes del hiperrealismo cuando sus ojos recorran las huellas de acrílico y aceites que su mano deje sobre los muros.

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Colosos se sitúa en el imaginario simbólico, moviéndose de la imagen como un medio tan presente y común en nuestra cultura, a un espacio personal de representación del mundo expresando una realidad concreta.

No hay historias ocultas ni espacios privados, sino una agradable conversación surgida de la contemplación como percepción del otro y de la suya propia por añadidura que media entre el sujeto y su entorno.

La verdad más simple es que la mayoría agradece a Colosos que va, poco a poco, encontrando no en un suceso, sino en un instante, no en una historia sino en un espacio, su relación con la vida. Su expresión, exclusivamente visual, renuncia a otras formas y su potencial revelador está en el cambio interior que produce.

Hoy, donde no había color, hay en claroscuro perfecto, una luz diferente, que ha entrado directa desde el pincel hasta el barrio, para lograr que sus vecinos, en medio de sus días, tornen hacia los niños gigantes y se sonrían.



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